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Por estilos de vida y modelos culturales, al hombre
le cuesta más adaptarse a los cambios, un factor
que juega un papel primordial en la prevención
de un episodio depresivo.
Los trastornos mentales disminuyen con la edad, pero
eso no implica que deban pasarse por alto ciertos síntomas
delatores del mal. "La depresión no se
la doy a nadie. Me sentía pésimo; con
una angustia terrible, todo lo veía negativo.
Además, mi familia lo pasaba mal", recuerda
Alicia (78) sobre la época en que la enfermedad
oscurecía sus días. Pero desde que asumió el
problema y se puso en tratamiento, las cosas cambiaron. "Ahora
me siento bien, animosa, manejo mi auto y viajo",
comenta, dichosa de su independencia.
Si bien las estadísticas actuales plantean
que uno de cada cuatro adultos mayores tiene depresión,
los especialistas afirman que ser viejo no implica
ser depresivo. "No es una enfermedad de la tercera
edad y ni siquiera es más prevalente en este
grupo etario", dice el doctor Víctor Hugo
Carrasco, miembro de la Unidad de Geriatría
de la Clínica Santa María. Por el contrario,
los casos disminuyen sobre los 65 años. "La
depresión es preponderante en la etapa media
de la vida y, luego de los 60 años, cae y se
asemeja a los porcentajes en población joven",
explica la doctora Graciela Rojas, directora de la
Clínica Siquiátrica de la Universidad
de Chile.
Diagnóstico
complejo
Ese hecho no deja de ser curioso si se considera que
en esta etapa de la vida se juntan una serie de factores
de riesgo que hacen a una persona más vulnerable
a sufrir una depresión: retiro laboral, duelos,
enfermedades crónicas, discapacidades físicas...
Precisamente, por esta razón conviene mantenerse
alerta a ciertos signos. El problema es que ni los
mismos afectados, ni la familia y, a veces, ni siquiera
el médico tratante, advierten un episodio depresivo,
porque erróneamente lo atribuyen al proceso
normal de envejecimiento.
"Es una idea arraigada en la población
y un estigma de la vejez", lamenta la siquiatra.
Lo cierto es que además de los síntomas
típicos que caracterizan a la depresión
- como disminución del ánimo, irritabilidad,
incapacidad de disfrutar de la vida- , existen otros
que se confunden con los cambios fisiológicos
que se dan en la tercera edad.
Un adulto mayor que tiene problemas de sueño,
de apetito, de concentración o cansancio, por
ejemplo, no necesariamente significa que está deprimido. "El
diagnóstico de una depresión es más
complejo en esta edad", explica el geriatra. Por
otro lado, cuando la depresión está presente,
un problema importante, y que a veces dificulta los
tratamientos, es la comorbilidad, es decir, la existencia
de varias patologías en una misma persona.
Buen
pronóstico
Conocer los factores de riesgo de las patologías
psiquiátricas ayuda a preparar y evitar su desarrollo.
Antecedentes de haber padecido anteriormente alguna
alteración psicológica, la viudez, la
discapacidad física y eventos vitales recientes,
adversos e inesperados, son potenciales predisponentes
a desarrollar una depresión. Asimismo, una persona
de nivel socioeconómico bajo puede ser más
vulnerable, pues no cuenta con un apoyo social y una
educación necesaria para afrontar los problemas.
Juan Espinoza recuerda que a lo largo de sus "bien
vividos 72 años" ha conocido la depresión
en tres ocasiones. La última, hace apenas un
año. "Después que murió mi
viejita, sentí que el mundo se me iba con ella.
Gracias a Dios tuve el apoyo de mis hijos y de a poco
he logrado salir adelante".
En todas las edades, las mujeres son las más
afectadas por depresiones. Pero a medida que se envejece,
el número de casos se tiende a equiparar al
de los varones. "Sigue siendo mayor, pero disminuye
en ellas y aumentan los casos masculinos", precisa
la doctora Rojas. Esto tiene relación con el
ciclo vital: en la medida que las mujeres tienen roles
múltiples (madre, esposa, profesional), están
más preparadas que los hombres para adaptarse
a los cambios. Por eso, como explica la doctora Rojas, "lo
importante es prepararse para los cambios vitales que
suceden a medida que se crece y envejece". Es
decir, adecuarse a cada etapa de la vida. Y en caso
de caer en ella, existen alternativas no farmacológicas
(sicoterapias) eficaces, y nuevos antidepresivos y
ansiolíticos con menos efectos colaterales,
que han mejorado las perspectivas de recuperación.
En promedio, "el tratamiento no debe durar menos
de seis meses; pero todo depende del paciente",
dice el doctor Carrasco. Si bien un 30% de los casos
evolucionan hacia una demencia senil (que involucra
alteraciones de la memoria, de la orientación
y de la atención), los especialistas concuerdan
en que la depresión en la tercera edad suele
tener un buen pronóstico.
Reglas de oro
Prevenir para no caer en un estado depresivo no es
fácil, pero tampoco imposible. Para los especialistas,
la "regla de oro" es adaptarse a los cambios.
Un cambio vital en la tercera edad es que se achica
la familia nuclear, y eso a los chilenos parece dolerles
mucho. "Los hijos son transitorios en la vida,
así que no se debe planificar una vejez a
costa de ellos", sugiere la siquiatra Graciela
Rojas. Es decir, tratar de ser independiente, en
la medida de lo posible.
De igual manera, prepararse para vivir la viudez,
sobre todo las mujeres, quienes estadísticamente
viven más. Ser sociable y aprovechar las instancias
de participación que la sociedad actual ofrece
(cursos, centros del adulto mayor, viajes). "Una
vez que se supera la resistencia inicial a integrarse,
se pasa muy bien". Ante el menor atisbo de depresión,
el geriatra Víctor Hugo Carrasco aconseja consultar
y "no pensar que es parte de su vejez". Estar
alerta a los síntomas, en especial, si vivió experiencias
depresivas cuando más joven.
(El Mercurio, 2 de Junio de 2003)
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